La identificación interesada de modelos prejuiciados es permanente en el panorama político latinoamericano. Se repite hasta la saciedad la fórmula y, en ocasiones, llega a tener buenos resultados. Se trata de una simplificación absurda en la que se insiste a cada instante:
Rebeldía que busca el Cambio = Movimientos sociales = Izquierda política = Socialismo estatista = Hugo Chávez = Fidel Castro = Dictadura estalinista
Puede parecer una exageración, pero hoy esta relación se establece cada día. En alguna calle del
centro de Tarija (Bolivia) puede leerse “Evo, chola (querida, amante) de Chávez”. Uno de los motivos que aducen los golpistas hondureños es la cercanía del Presidente Zelaya a su homólogo venezolano. Las manifestaciones convocadas por la Confederación General de Trabajadores del Perú esta semana, igual que las de los pueblos amazónicos de los últimos meses, son atribuidas por el gobierno peruano a la influencia del mandatario bolivariano.
En campañas electorales se recrudece la simplista regla, pero no se olvida en etapas de gestión normalizada, difundida por grupos mediáticos de fuertes intereses económicos, como Prisa o Vocento.
La realidad (o mejor diríamos “las realidades”) es que el modelo capitalista neoliberal, que en Europa y Estados Unidos apenas se cuestiona y que en el llamado mundo desarrollado “tan sólo necesita de algunas reformas”, es señalado como causante directo de las desigualdades sociales, de la pobreza, del continuismo político, de la dependencia global, de la discriminación racial, de la globalización excluyente, del racismo y la xenofobia, de la crisis total que estamos viviendo. La población clama por cambios estructurales en la política y la economía. Que sectores mayoritarios y populares de Ecuador, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, El Salvador, Paraguay y otros estados latinoamericanos apuestan democráticamente, en procesos electorales bien inspeccionados por organismos internacionales (cosa a la que no estamos acostumbrados/as en el Estado español), por fórmulas revolucionarias de izquierda.
Las movilizaciones son éxitosas unas tras otras, a pesar de la represión policial, como en el caso peruano, o militar, como el hondureño. Los bloqueos se suceden y la presión se hace constante.
Sin embargo, la conocida correlación arriba citada trata de denigrar, menospreciar y tergiversar este empuje. Es obligado, para emitir una opinión racional, desentrañar esta mentira, desmenuzar lo que sucede, aceptar la diversidad y la heterogeneidad de los procesos, para así aprender de alguna forma de la experiencia ajena, compartir objetivos y vislumbrar en la lejanía una alternativa al régimen capitalista que padecemos.
Puede parecer una exageración, pero hoy esta relación se establece cada día. En alguna calle del

En campañas electorales se recrudece la simplista regla, pero no se olvida en etapas de gestión normalizada, difundida por grupos mediáticos de fuertes intereses económicos, como Prisa o Vocento.
La realidad (o mejor diríamos “las realidades”) es que el modelo capitalista neoliberal, que en Europa y Estados Unidos apenas se cuestiona y que en el llamado mundo desarrollado “tan sólo necesita de algunas reformas”, es señalado como causante directo de las desigualdades sociales, de la pobreza, del continuismo político, de la dependencia global, de la discriminación racial, de la globalización excluyente, del racismo y la xenofobia, de la crisis total que estamos viviendo. La población clama por cambios estructurales en la política y la economía. Que sectores mayoritarios y populares de Ecuador, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, El Salvador, Paraguay y otros estados latinoamericanos apuestan democráticamente, en procesos electorales bien inspeccionados por organismos internacionales (cosa a la que no estamos acostumbrados/as en el Estado español), por fórmulas revolucionarias de izquierda.
Las movilizaciones son éxitosas unas tras otras, a pesar de la represión policial, como en el caso peruano, o militar, como el hondureño. Los bloqueos se suceden y la presión se hace constante.
Sin embargo, la conocida correlación arriba citada trata de denigrar, menospreciar y tergiversar este empuje. Es obligado, para emitir una opinión racional, desentrañar esta mentira, desmenuzar lo que sucede, aceptar la diversidad y la heterogeneidad de los procesos, para así aprender de alguna forma de la experiencia ajena, compartir objetivos y vislumbrar en la lejanía una alternativa al régimen capitalista que padecemos.
(en la foto una manifestante indígena de la amazonía peruana grita consignas. - EFE Mónica Martínez (EFE) - Lima )